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Dios es amor

Resumen
“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn, 4, 16). Hemos creído en el amor de Dios : así puede expresar el cristiano laopción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.
Desarrollo
“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn, 4, 16). Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.
En primer lugar, recordemos los múltiples usos de la palabra amor: se habla de amor a la patria, de amor por la prefesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijjos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. “Todas estas formas de amor ¿se unifican al final, de algún modo, a pesar de la diversidad de sus manifestaciones, siendo en último término uno solo, o se trata más bien de una misma palabra que utilizamos para indicar realidades totalmente diferentes?”
Ante todo, debemos recordar, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete el eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana.
Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera un impulso meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera el cuerpo como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. Pero ni la carne ni el espíritu aman, es el hombre, la persona, la que ama como una criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor puede madurar hasta su verdadera grandeza.
El amor debe llegar a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba antes de su llegada. Amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bienestar el amado, se convierte en renuncia y está dispuesto al sacrificio.
Ciertamente, el amor es “éxtasis”, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado hacia una liberación en la entrega de uno mismo, hacia el reencuentro consigo mismo, hacia el descubrimiento de Dios. “El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará” (Lc 17, 33).
“Si alguno dice: 'amo a Dios', y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien ve” (1 Jn 4, 20).
El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad, el sí de nuestra voluntad a la suya, y nuestro entendimiento. Éste es un proceso que siempre está en camino. El amor nunca se da por concluido y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.
Jesucristo es el amor de Dios encarnado. Al morir en la cruz, entregándose para elevar y salvar al ser humano, expresa el amor en su forma más sublime. Jesús aseguró a este acto de ofrenda su presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía. Participando en la Eucaristía, nosotros también nos implicamos en la dinámica de su entrega, nos unimos a Él y al mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los que Él se entrega; todos nos convertimos así en “un sólo cuerpo”. De este modo, el amor a Dios y el amor al prójimo se funden realmente. El doble mandamiento del amor ya no es solamente una exigencia: el amor se puede “mandar” porque antes se ha entregado.
El amor por el prójimo, enraizado en el amor de Dios, además de ser una obligación para cada fiel, lo es también para toda la comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe reflejar el amor de Dios. La conciencia de esa obligación evidenció la necesidad de una determinada organización como presupuesto para cumplirla con más eficacia.
Así, en la estructura fundamental de la Iglesia surgió la “diaconía” como un servicio del amor hacia el prójimo, llevado a cabo comunitariamente y de forma ordenada, un servicio concreto pero, a la vez espiritual. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa, de esa forma, en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (liturgia), servicio de la caridad (diakonia). Son tareas en las que una presupone a las otras y no pueden separarse entre sí.
A partir del siglo XIX, contra la actividad caritativa de la Iglesia se planteó una objeción fundamental: la de que estaría en contraposición con la justicia y acabaría por actuar como un sistema de conservación del status quo. Es decir, al llevar a cabo obras de caridad individuales, la Iglesia favorecería el mantenimiento del injusto sistema vigente, haciéndolo de alguna forma soportable y frenando de esa manera la rebelión y el potencial cambio hacia un mundo mejor.
Sin embargo, la creación de un orden justo de la sociedad y del Estado es un deber principal de la política, y por tanto, no puede ser una tarea inmediata de la Iglesia. La doctrina social católica no quiere conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente contribuir a la formación de las conciencias, para que las verdaderas exigencias de la justicia sean percibidas, reconocidas y realizadas. Sin embargo, no existe ninguna normatividad estatal que, por justa que sea, pueda hacer patente el servicio del amor. El Estado que quiere proveer todo no puede asegurar lo más esencial que ser humano necesita, el amor. Quien quiere desentenderse del amor, se dispone a desentenderse del hombre.
La actividad caritativa cristiana, además de fundarse en la competencia profesional, lo debe hacer sobre la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente, suscitando en él el amor por el prójimo.
La actividad caritativa cristiana, debe ser independiente de los partidos e ideologías. El programa cristiano (el programa del Buen Samaritano) es un corazón que ve donde hay necesidad de amor y actúa en modo consecuente.
Además, la actividad caritativa cristiana no debe ser un medio en función del proselitismo (en búsqueda de algún fin o causa). El amor es gratuito; no se ejercita para alcanzar otros fines. Pero esto no significa que la acción caritativa deba dejar de lado a Dios y a Cristo. El cristiano debe saber cuándo debe hablar de Dios y cuándo es justo no hacerlo y dejar hablar solamente al amor. El himno a la caridad de San Pablo (1 Cor 13) debe ser la Carta Magna de todo el servicio eclesial, para protegerlo del riesgo de caer en el puro activismo.
Preguntas
- ¿Qué es el amor?
- ¿Cuál amor es más importante? ¿El de cuerpo o el de espíritu?
- ¿Qué entiendes por Eucaristía?
- ¿En qué se debe traducir el amor a alguien? (pista... ¿Qué es la diaconía?)
- A meditar...
- ¿Cómo están relacionadas las dos traducciones del nombre original de la encíclica (Deus Caritas Est)? Dios es amor y Dios es caridad. Es decir, cómo se relacionan las palabras amor y caridad.
Lee el himno a la caridad de San Pablo en la primera carta a los Corintios, capítulo 13 (1 Cor 13).